Objeción
Los grupos sanguíneos aparecieron en momentos distintos de la evolución humana y cada uno se adaptó a la alimentación de su época: el grupo 0 es el del cazador y necesita proteína animal, el A surgió con la agricultura y tolera bien lo vegetal. Por eso una misma dieta no sirve para todos, y quien es del grupo 0 no puede ser vegano.
Respuesta corta
Esta hipótesis se ha puesto a prueba de la forma correcta y no la ha pasado. En un estudio con 1.455 personas, las dietas propuestas por el sistema que se asociaron a mejores marcadores cardiometabólicos lo hicieron con independencia del genotipo ABO real de cada participante. Es decir: el beneficio existía, pero no tenía nada que ver con el grupo sanguíneo.
Desarrollo
1. La prueba que hacía falta, y su resultado
La revisión sistemática de Cusack et al. (2013), en American Journal of Clinical Nutrition, buscó estudios que respaldaran el sistema y no encontró ninguno con un diseño válido. La conclusión fue de ausencia de evidencia, no de refutación — una distinción que los autores marcan con cuidado y que conviene respetar.
La prueba llegó después. Wang et al. (2014) hicieron exactamente lo que faltaba: medir la adherencia a cada dieta propuesta, medir los marcadores cardiometabólicos, y comprobar si la relación entre ambas cosas cambiaba según el grupo sanguíneo real de la persona.
No cambiaba. Y ese es el punto entero: si el sistema fuera correcto, la dieta “del grupo 0” tendría que funcionar mejor en las personas del grupo 0 que en las demás. No lo hace.
2. Por qué mucha gente nota mejoría, y no está mintiendo
Este es el detalle que hace útil el estudio, porque explica la experiencia en lugar de negarla. Algunas de las dietas del sistema sí se asociaron a marcadores favorables. La razón es sencilla: varias de ellas recomiendan más verdura, más alimentos sin procesar y menos ultraprocesados.
Cualquiera que siga esas indicaciones mejorará algunos marcadores — pero habría mejorado igual con otro grupo sanguíneo. El sistema funciona por lo que tiene de consejo dietético corriente, no por lo que tiene de original.
Esto permite responder a “a mí me funcionó” sin poner en duda a nadie: probablemente funcionó, y probablemente no fue por lo que cree.
3. La premisa evolutiva tampoco encaja
El relato de origen del sistema —que los grupos sanguíneos aparecieron secuencialmente y en correspondencia con etapas alimentarias— no coincide con lo que se sabe de la historia evolutiva del sistema ABO ni de la dieta humana.
Sobre la dieta, la revisión de Andrews y Johnson (2020) describe un patrón flexible y mayoritariamente vegetal, no una sucesión de fases dietéticas separadas y asignables a grupos poblacionales distintos. Y la adaptación alimentaria documentada en humanos va por otras vías: la variación en el número de copias del gen de la amilasa según el consumo histórico de almidón (Perry et al., 2007) o la persistencia de la lactasa son ejemplos reales de adaptación dietética, y ninguno tiene relación con el sistema ABO.
Es decir: la variación genética que afecta a la dieta existe. Simplemente no es esta.
4. Lo que sí es verdad de la nutrición personalizada
Conviene no tirar el bebé con el agua. Que este sistema concreto no funcione no significa que todas las personas respondan igual a la misma dieta. Hay variabilidad individual real y documentada: en la tolerancia a la lactosa, en el metabolismo de la cafeína, en la respuesta glucémica, en la eficiencia de conversión de algunos nutrientes.
La diferencia está en el nivel de evidencia. Esas variaciones se han identificado midiendo, no deduciéndolas de un relato evolutivo. La nutrigenética seria es un campo abierto y prometedor; la dieta del grupo sanguíneo es una hipótesis concreta dentro de ese campo que se comprobó y no salió.
5. Y en cualquier caso, no diría lo que se le pide
Un último detalle que suele pasarse por alto. Aunque el sistema fuera correcto, no sostendría la objeción tal como se plantea: sus propias recomendaciones para varios grupos son mayoritariamente vegetales, y ninguna afirma que sea imposible prescindir de la carne. La objeción usa el sistema de forma más categórica de lo que el propio sistema pretende.
Dónde el argumento tiene parte de razón
- La variabilidad individual existe. No todo el mundo responde igual a la misma dieta, y quien lo intuye no se equivoca. Lo que falla es el mecanismo propuesto, no la intuición.
- La adaptación genética a la dieta está documentada. Lactasa y amilasa son casos reales, y por eso la idea de que “los genes influyen en qué te sienta bien” no es descabellada.
- Mucha gente mejora al seguir estas dietas, y esa experiencia es real. Negarla sería tan poco riguroso como atribuirla al grupo sanguíneo.
- La evidencia disponible es limitada, no aplastante: una revisión que no encontró estudios y un estudio observacional. Es suficiente para no sostener la hipótesis, pero conviene citarla por lo que es.
Cómo responder en una conversación
- No empieces negando la experiencia. “Puede que te sentara bien” es verdad y evita que la conversación se convierta en una defensa.
- Cuenta la prueba, que es fácil de entender: “lo midieron en 1.455 personas y la dieta funcionaba igual tuvieras el grupo que tuvieras”.
- Ofrece la explicación alternativa. Que esas dietas lleven más verdura y menos procesados explica la mejoría sin necesidad de descalificar a nadie.
- Concede la nutrición personalizada. “Sí hay diferencias entre personas, pero se han encontrado midiendo, no por el grupo sanguíneo” es una frase que abre en lugar de cerrar.
- Sin condescendencia. El sistema se difundió a través de un libro superventas, no de un error de quien lo repite.
Fuentes
- Cusack et al. (2013) — revisión sistemática; no hay estudios que respalden la hipótesis
- Wang et al. (2014) — 1.455 participantes; las asociaciones son independientes del genotipo ABO
- Andrews y Johnson (2020) — base evolutiva de la dieta humana
- Perry et al. (2007) — adaptación real al almidón vía número de copias del gen de la amilasa
Pendiente: ensayos controlados aleatorizados que asignen dietas por grupo sanguíneo. No existen, y esa ausencia es en sí misma parte del argumento: una hipótesis con cuatro décadas de difusión comercial y sin un solo ensayo diseñado para probarla dice algo sobre el interés de quien la sostiene en comprobarla.